sábado, 27 de abril de 2013

18.

Un día te levantas y alguien te dice que es 26,
que ya son 18,
te miras al espejo y te ves a tus ojos,
o a los de él,
y te das cuenta de que el reloj nunca ha contado contigo para nada.
Ni siquiera cuando lo amenzabas con secuestrar al tiempo
si no se paraba para tenerlo a él un rato más.
Y lo odias.
Te vuelves a mirar, y ya no ves lo mismo.
Ves a esa que eras tú, con 5 años,
con toda la vida bajo tus pies
y el suelo vacío para llenarlo de huellas.


Hubo un día,
en el que dejé las muñecas para convertirme en una de ellas
hasta que comprendí
que las muñecas no son más que una cara bonita
y un trozo de plastico,
y yo nunca he querido ser eso.
Quizás por eso, he aprendido que las muñecas realmente bonitas
no se ven a primera vista,
ni siquiera a segunda.


Pasé, de tirar piedras a brujas que sólo me hacían reir,
a querer tirárselas a antidisturbios que sólo sabían hacerme llorar.
Y grité, de rabia esta vez,
y volví a ser esa que lloraba cuando no se hacía lo que ella quería,
cuando se caía y veía la solucción al problema
en un chicle y 10 minutos más de diversión.
Y nos divertíamos.
Y jugábamos. Jugábamos a ser mayores,
sin saber el riesgo que eso tenía,
sin saber que las reglas cambian según pasan los años.
Y es que ahora, ya no jugamos juntos,
ni entre nosotros,
jugamos unos contras otros,
ignoramos los sentimientos
y creemos conocernos más con miles de preguntas
que con un simple: "Hola, soy Cristina, ¿quieres jugar conmigo?"
Y de eso nos servíamos antes para sonreir.
Y así es ahora.
Juzgamos más por apariencia que por personalidad,
y no le damos tiempo a la primavera para que venga
y poetice flores.


Pasábamos las horas sin pensar en nadie
y esa era la clave de la felicidad,
porque ahora nos necesitamos,
regalamos trozos de corazón,
y eso nunca ha sido ganar.


Y te vuelves a mirar y ya no ves a nadie,
porque la niña es demasiado pequeña
y la mujer es demasiado mujer...para ti.

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